Steve Jobs decía que, al mirar hacia atrás, descubrimos cómo los puntos de nuestra vida se conectan y nos convierten en lo que somos. Esa idea de unir puntos es mucho más que una metáfora: es la manera en que aprendemos, crecemos y damos sentido a nuestras experiencias. Nuestro cerebro lo hace constantemente, creando conexiones neuronales que, al unirse, forman el mapa de nuestro conocimiento.
Esa misma lógica se aplica a la creatividad. La innovación no siempre nace de inventar algo completamente nuevo, sino de aprender a mirar desde ángulos distintos y conectar piezas que parecían no encajar. Cuando logramos unir esos puntos, aparecen soluciones frescas, inesperadas y a veces transformadoras.
Hoy tenemos a la inteligencia artificial como un aliado extraordinario en este camino. Aunque fue entrenada con información ya existente, su fuerza radica en la capacidad de entrelazar datos, imágenes e ideas de formas que a nosotros nos cuesta imaginar. Pensemos en algo tan improbable como una fotografía en la luna de un gato con traje de astronauta. Esa imagen jamás ha existido, pero la IA es capaz de simularla, demostrando cómo se pueden conectar puntos que parecían imposibles de unir.
Por eso creo en los proyectos simples. A veces resolver un problema sencillo despierta en un alumno una pasión que lo lleva más lejos de lo que imagina. Ese primer punto puede convertirse en la base para que, en el futuro, aprenda a reconocer problemas complejos y, con la ayuda de la IA, encuentre soluciones que hoy todavía no podemos ver.
La verdadera innovación no comienza con lo imposible, sino con la chispa de lo simple. Y en la medida en que aprendamos a unir puntos —con nuestra mente, nuestra creatividad y ahora con la inteligencia artificial— estaremos construyendo no solo proyectos, sino futuros que hoy apenas empezamos a vislumbrar.
